Recibido: 20 de febrero de 2026

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Los autores declaran que no existen conflictos de intereses relacionados con el artículo.

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Aceptado: 1 de abril de 2026

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Cómo citar (APA, séptima edición):

Góngora Nuñez, K. M. y Jiménez Sánchez , C.L. (2026). Italia y la Iniciativa de la Franja y la Ruta. ¿Una oportunidad truncada? Revista Científica Universitaria Ad Hoc, 7(2), 31-41.

RESUMEN

Las relaciones bilaterales entre Italia y China en los últimos años han estado caracterizadas por un pragmatismo económico que alcanzó el punto culminante de su desarrollo en 2019, cuando Italia se convirtió en el primer y único país del G7 en adherirse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Esta decisión, concebida como un catalizador para el reimpulso de la economía italiana, generó un amplio debate sobre sus implicaciones estratégicas y el equilibrio entre el interés comercial y la lealtad a los aliados transatlánticos. Sin embargo, la llegada al poder de Giorgia Meloni y su enfoque prooccidental supusieron un “cambio” en la posición italiana hacia la Iniciativa. En consecuencia, Italia decidió no renovar el memorando en 2023, lo cual no implicó una ruptura total, sino la transición hacia un modelo de cooperación más acotado y calculado. El caso italiano ilustra el dilema de las potencias europeas: mantener vínculos económicos con China mientras refuerzan su alineamiento político con Occidente. De igual forma, este plantea un interesante caso de estudio sobre la influencia de China en el mundo globalizado, y sobre las repercusiones del asunto tanto para Italia como para la Iniciativa. En este contexto, el presente trabajo se propone analizar el impacto de la salida de Italia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta a través de una perspectiva económica y política. Para ello, examina las motivaciones del giro político italiano, la reconfiguración del esquema de cooperación bilateral y el posicionamiento de Italia en el escenario global.

Keywords: China, Italia, Iniciativa de la Franja y la Ruta, pragmatismo económico, relaciones bilaterales.

Abstract

Bilateral relations between Italy and China in recent years have been characterized by an economic pragmatism that reached its peak in 2019, when Italy became the first and only G7 country to join the Belt and Road Initiative. This decision, conceived as a catalyst for revitalizing the Italian economy, generated widespread debate over its strategic implications and the balance between commercial interests and loyalty to transatlantic allies. However, the rise to power of Giorgia Meloni and her pro-Western approach marked a “shift” in Italy’s position toward the Initiative. Consequently, Italy decided not to renew the memorandum in 2023 — a move that did not imply a complete rupture, but rather a transition toward a more limited and calculated model of cooperation. The Italian case illustrates the dilemma facing European powers: maintaining economic ties with China while reinforcing their political alignment with the West. Likewise, it presents an interesting case study on China’s influence in a globalized world, as well as on the repercussions of this matter for both Italy and the Initiative. In this context, this paper aims to analyze the impact of Italy’s withdrawal from the Belt and Road Initiative from an economic and political perspective. To this end, it examines the motivations behind Italy’s political shift, the reconfiguration of the bilateral cooperation framework, and Italy’s positioning on the global stage.

Keywords: China, Italy, Belt and Road Initiative, economic pragmatism, bilateral relations.

introdución

La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), principal proyecto de política exterior y geoeconómica de la China contemporánea, ha redefinido las dinámicas de cooperación internacional al erigirse en una plataforma integral para la conectividad global y la integración económica. En este marco, y ante un contexto interno de estancamiento económico, la decisión de Italia en 2019 de convertirse en el primer y único país del G7 en adherirse al Memorando de Entendimiento de la BRI constituyó un movimiento estratégico de gran trascendencia política, motivado fundamentalmente por la búsqueda de nuevos motores de crecimiento económico e inversión.

Hasta ese momento, la BRI ya integraba a más de 130 países de Asia, África, América Latina y Europa, con proyectos que abarcaban desde la construcción de infraestructuras hasta inversiones en energía y telecomunicaciones. En el ámbito europeo, destacaba la modernización de puertos como el Pireo, en Grecia, y el avance en corredores ferroviarios estratégicos en Hungría y Polonia. Italia, al sumarse en 2019, buscaba aprovechar puertos como Trieste y Génova, así como atraer Inversión Extranjera Directa (IED).

Sin embargo, la permanencia de Italia en la iniciativa se vio progresivamente condicionada por una reconfiguración tanto del escenario político interno como del contexto global. En el ámbito nacional, el ascenso al poder de la primera ministra Giorgia Meloni1, materializó una visión más alineada con Occidente y crítica hacia una posible dependencia de China. Paralelamente, las presiones sostenidas de aliados históricos, especialmente de Estados Unidos, y la necesidad de armonizar su postura con la de la Unión Europea (UE), impulsaron al gobierno italiano a reevaluar su participación.

Ante este escenario, el gobierno de Meloni ejecutó su salida de la BRI en 2023, acto que definió la alineación de Italia en el ámbito internacional. En consecuencia, este trabajo se propone analizar el impacto de la salida de Italia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Para ello, examina las motivaciones del giro político italiano, la reconfiguración del esquema de cooperación bilateral y el posicionamiento de Italia en el escenario global. Esta investigación basa su objetivo en la necesidad de promover los análisis desde perspectivas marxistas sobre los complejos procesos geopolíticos actuales, siendo el estudio de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, así como el relacionamiento de China con potencias medias occidentales, un eje de interés para la comprensión de tendencias modernas en las relaciones internacionales.

desarrollo

La Iniciativa de la Franja y la Ruta surge en 2013 como respuesta a un contexto global marcado por la búsqueda de nuevas rutas comerciales. Es un proyecto inspirado en la antigua Ruta de la Seda que combina elementos históricos con una estrategia contemporánea de conectividad global. Desde sus inicios, la iniciativa se concibió como un proyecto multidimensional que integraba infraestructura, logística, energía, telecomunicaciones, cooperación financiera y vínculos culturales. Esta amplitud sectorial permitió que la BRI escalara rápidamente: de un proyecto inicialmente centrado en Asia Central pasó a convertirse en una red global que, en pocos años, abarcó más de 60 países.

La expansión acelerada de la Iniciativa se explica por su capacidad para responder a necesidades concretas de los países participantes. En Asia y África, la iniciativa financió puertos, carreteras, ferrocarriles y parques industriales que difícilmente habrían sido posibles sin capital chino. En Europa, tras la firma de memorandos de entendimiento con China, se obtuvieron significativas inversiones en infraestructura y transporte. El caso del puerto del Pireo, Grecia, transformado en uno de los más dinámicos del Mediterráneo tras la entrada de COSCO2, demostró que la BRI no era solo un concepto geopolítico, sino un mecanismo operativo con resultados tangibles. La presencia creciente de China en el mar Adriático y los Balcanes reforzó la percepción de que la BRI estaba reconfigurando las rutas comerciales hacia Europa, y que quedar fuera de esta red podría significar perder competitividad frente a otros países de la región.

Para Italia, estos avances no pasaron desapercibidos. Aunque su economía ya estaba integrada en los mercados europeos, la iniciativa ofrecía oportunidades que iban más allá del comercio con acceso preferencial a inversiones en infraestructura, la posibilidad de revitalizar puertos estratégicos como Trieste y Génova, y la apertura de nuevos canales para sus exportaciones destino a Asia. Además, la iniciativa incluía sectores de alto interés para Italia, como energía renovable, logística portuaria, manufactura avanzada y cooperación cultural.

Este atractivo creciente de la Iniciativa china sumado a la situación interna italiana, fueron factores clave para entender la posterior decisión italiana. En 2018, la economía presentaba signos claros de estancamiento. Ese año marcó un punto de inflexión hacia la fragilidad económica y, con ello, el fin de una breve etapa de recuperación, sembrando las condiciones para un cambio de rumbo en su política económica. Según datos oficiales del Fondo Monetario Internacional [FMI] (2024), el crecimiento anual del PIB se situó en 0.8%, cifra que evidenciaba una desaceleración respecto al 1.6% en 2017 (Ver Anexo 1).

Sin embargo, la gravedad de la situación se reveló en la evolución trimestral de 2018: tras dos trimestres de crecimiento marginal, la economía italiana se contrajo en 0.1% en el tercero y 0.2% en el cuarto, configurando una recesión técnica (Istat, 2019). Esta recesión, tras 14 trimestres de expansión consecutiva, no fue un fenómeno aislado, sino que coincidió con un enfriamiento de la economía europea, tensiones comerciales globales e incertidumbre política interna, generada por el nuevo gobierno de cambio entre La Liga y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por sus siglas en italiano)3.

Frente a la delicada coyuntura económica interna, asume en junio de 2018 el gobierno presidido por Giuseppe Conte, el cual articuló un discurso de explícita confrontación con las instituciones europeas. Este relato identificaba a la Unión Europea y, de manera particular, a Alemania, como responsables directos del estancamiento y la rigidez fiscal del país.

Dicho marco narrativo, forjado durante la campaña electoral, no se limitó a la retórica, sino que se tradujo en una política económica de choque. En este sentido, su materialización concreta fue la presentación, en octubre de 2018, de un presupuesto que contravenía deliberadamente las normas de déficit de la UE, y que el Ejecutivo italiano justificó como una medida necesaria para impulsar el crecimiento (Deutsche Welle, 2018a).

Sin embargo, el rechazo de la Comisión Europea no hizo más que intensificar la retórica oficial, y la respuesta de los líderes italianos fue una personalización del conflicto4. Esta escalada consolidó la percepción de un orden europeo restrictivo y, por tanto, la necesidad de un realineamiento estratégico fuera de su eje tradicional.

En este contexto, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, cuyo perfil geoeconómico global crecía, se presentó como una alternativa viable. El realineamiento culminó así en una acción diplomática concreta: la firma, el 23 de marzo de 2019, del Memorando de Entendimiento5 que convertía a Italia en el primer y único miembro del G7 en adherirse a la iniciativa emblemática de Pekín.

La decisión de adhesión italiana no fue percibida de manera unánime en la literatura especializada en el tema. Desde el inicio, diversos autores presentaron interpretaciones divergentes. Una corriente de estos la calificó como una ruptura populista y soberanista respecto a la tradición diplomática italiana (García-Herrero & Amighini, 2023), mientras que otra la interpretó como la continuidad pragmática de agendas comerciales preexistentes con Pekín (Pugliese, Ghiretti, & Insisa, 2022). Dentro de estas interpretaciones, una línea de análisis recurrente subrayó lecturas críticas sobre China y su rol global (Andornino, 2024), consolidando un juicio negativo hacia la BRI. Esta valoración sería retomada años después por el propio gobierno de Giorgia Meloni al calificar la firma original como un gran error.

La firma italiana, lejos de ser un acercamiento aislado, continúa con una lógica prestablecida de relaciones bilaterales. China ya era un socio económico relevante para Italia, donde Roma exportaba maquinaria, textiles y productos agroalimentarios, mientras importaba manufacturas y bienes tecnológicos. En el plano político, los vínculos eran cordiales y pragmáticos, aunque Italia mantenía su alineación con la UE y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pekín veía a Italia como un socio estratégico por su ubicación en el Mediterráneo, su red portuaria y por el peso que tenía la adición de un miembro del G7 para la BRI, mientras que Roma buscaba diversificar inversiones y abrir nuevos mercados.

En contraste, la presente investigación plantea que la aproximación de Italia al proyecto chino debe entenderse no como una continuidad estratégica ni como una ruptura ideológica con posturas previas, sino como una evolución condicionada. Dicha evolución estuvo impulsada por necesidades económicas estructurales que obligaron al país a adaptarse a una panorámica comercial global dominada por China, sin por ello abandonar los lazos políticos fundamentales con sus socios tradicionales en Occidente.

La adhesión de Italia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta representó, ante todo, una estrategia económica pragmática para enfrentar la situación económica. El país enfrentaba un estancamiento económico, con una productividad crónicamente baja, un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) anémico y una deuda pública que rondaba el 134% del PIB (Comisión Europea, 2024). En ese contexto, la BRI ofrecía una vía para reactivar una economía sin motores internos de crecimiento: acceso privilegiado al mercado chino, atracción de IED y diversificación de destinos de exportación.

Sin embargo, este cálculo fue puesto a prueba por la pandemia de COVID-19. En 2020, Italia sufrió la contracción económica más severa de su historia reciente, con una caída del PIB del 8.9% (Fondo Monetario Internacional, 2024). En ese escenario, el canal comercial con China mostró su utilidad como estabilizador parcial, pues mientras las exportaciones italianas globales se desplomaban, las ventas a China crecieron. Este desempeño revela que, para ciertos sectores manufactureros exportadores, la relación con China actuó como un amortiguador relativo frente al colapso de la demanda en Occidente. No obstante, su efecto fue puntual y sectorial; incapaz de compensar el hundimiento general de una economía paralizada, especialmente en servicios y turismo.

La recuperación posterior fue impulsada casi exclusivamente por dos factores: la reapertura de la economía y el despliegue del fondo europeo NextGenerationUE, del cual Italia fue el mayor beneficiario, con una asignación de 191 500 millones de euros (European Commission, 2021). En contraste, la inversión china fue modesta y el desequilibrio comercial bilateral se profundizó: entre 2019 y 2023, las exportaciones chinas a Italia superaron el crecimiento de las exportaciones italianas a China (Ver Anexo 2 y 3). Este patrón no debe interpretarse como un fracaso de la BRI, sino como la evidencia de que su diseño no estaba orientado a resolver problemas macroeconómicos como deuda o productividad.

Precisamente aquí es donde la narrativa de “desriesgo”6, promovida por la UE y Estados Unidos, encontró eco en una economía vulnerable. Al mismo tiempo, la visión política del nuevo gobierno de Giorgia Meloni, marcada por un enfoque atlantista que prioriza la alineación con Washington y el refuerzo de la seguridad occidental, facilitó un cambio radical en la membresía de la BRI. Para Roma, la participación en la iniciativa había dejado de constituir una vía de cooperación para transformarse en una fuente de riesgo para su posición dentro del bloque occidental.

Por lo tanto, la decisión de abandonar el memorando reflejó que el verdadero conductor de la política italiana no residía en la balanza comercial, sino en la necesidad de redefinir su posición en un orden internacional crecientemente polarizado. El caso italiano ilustra, en suma, cómo una herramienta para cooperación económica puede ser absorbida y finalmente desplazada por lógicas de poder que trascienden su intención original. Ante la presión constante de aliados clave como Estados Unidos y la propia UE, y con un gobierno resuelto a reforzar su papel dentro de la alianza occidental, los beneficios comerciales relativos de la BRI resultaron políticamente insuficientes, por lo que quedaron subordinados a una lógica de bloques geopolíticos.

La respuesta asiática no se hizo esperar. Pekín lamentó la decisión, pero evitó la confrontación abierta. En lugar de enfatizar la pérdida, el gobierno chino subrayó que la cooperación bilateral con Italia podía continuar en otros ámbitos, incluso fuera del marco de la BRI. Este enfoque refleja la estrategia pragmática de China de minimizar el impacto simbólico de la retirada italiana. Aunque Roma era el único país del G7 que se había adherido a la BRI, su salida no afectó de manera sustancial la continuidad global de la iniciativa y reafirmó su efectividad en el desarrollo de proyectos en la periferia europea (Chen, 2023).

A nivel interno, esta salida opera como un potente instrumento de consolidación política para el gobierno de Meloni, que cierra definitivamente el debate sobre la ambigüedad estratégica e incorpora el espectro político en torno a un renovado consenso atlantista. Al enmarcar la decisión como una evolución hacia una cooperación “equilibrada”, el gobierno logra simultáneamente satisfacer las demandas de seguridad de sus aliados occidentales y apaciguar a los sectores empresariales con intereses en China, presentándose como un ejecutivo pragmático y soberano.

En términos económicos, el impacto inmediato de la salida italiana de la BRI fue más limitado de lo que sugerían los debates públicos previos. Asimismo, existieron opiniones alrededor de posibles represalias chinas (Pattathil, 2023); sin embargo, los flujos comerciales bilaterales se mantuvieron relativamente estables. En este sentido, la adopción de nuevo “Plan de Acción” bilateral con China en 2024, reveló la persistencia de necesidades comerciales italianas pero que operaran sin la arquitectura institucional de la iniciativa. Este plan evidenció que Roma mantiene el interés de comerciar con China, aunque mediante mecanismos que eviten la identificación con la BRI, debido a que afecta la narrativa que las potencias occidentales buscan proyectar sobre China.

De hecho, si bien el desequilibrio comercial se presentó como motivo de preocupación en Italia durante su paso por la BRI, la transición desde el memorando de entendimiento hacia el “Plan de Acción” 2024-2027 no produjo cambios significativos en la dinámica de exportaciones e importaciones. En este sentido, el déficit se mantuvo y la estructura del intercambio comercial apenas se modificó, lo que refuerza la lectura de que la salida tuvo un carácter predominantemente político y simbólico, más que económico.

Para la propia iniciativa, el abandono italiano supuso un impacto principalmente geopolítico. Italia, como único país miembro del G7 que había formalizado su adhesión, erosionó la posición de Pekín para presentar la BRI como un proyecto capaz de integrar de manera plena a economías avanzadas occidentales. Aunque no desencadenó un efecto dominó inmediato en otros países europeos participantes, el caso italiano reforzó la percepción, especialmente en la UE, de que la BRI entrañaba riesgos políticos y de dependencia que podían superar sus beneficios económicos, lo que alimentó un clima de escepticismo frente a nuevos compromisos de largo plazo con la iniciativa.

Como respuesta europea, se consolidó un refuerzo del control normativo frente al capital chino y una reorientación hacia proyectos de menor envergadura. De este modo, la salida funcionó como catalizador para institucionalizar una política de “desriesgo” selectivo, que limita la influencia estructural de actores chinos sin interrumpir por completo los flujos de capital.

Al mismo tiempo, la decisión proyecta efectos duraderos sobre la posición de Italia en los proyectos alternativos impulsados por Occidente. Al presentarse como un caso paradigmático de “corrección de rumbo” respecto a China, Italia ganó credibilidad y peso político de cara a sus aliados tradicionales, lo cual usó para reclamar un papel central en esquemas como Global Gateway de la UE7 o el Corredor Económico India–Medio Oriente–Europa8, que buscan competir con la BRI en conectividad e infraestructura. De este modo, la acción se traduce en una búsqueda de mayor capacidad para atraer financiación europea y transatlántica hacia proyectos estratégicos en el Mediterráneo y los Balcanes, pero también en una dependencia reforzada de la arquitectura occidental de seguridad y de financiación, lo que limita el espacio italiano para adoptar políticas de equilibrio más autónomas frente a la rivalidad sino-estadounidense.

conclusiones

La trayectoria de Italia en la Iniciativa de la Franja y la Ruta constituye un caso paradigmático de la reconfiguración de las relaciones euro-chinas en la era de la competencia estratégica. Lejos de ser una mera oscilación política, su adhesión en 2019 y su posterior salida en 2023 delinean la evolución condicionada de una potencia media europea que navega entre imperativos económicos inmediatos y construcciones geopolíticas de largo alcance.

Más que un giro motivado por resultados económicos, la salida de Italia de la BRI fue una decisión político-estratégica, impulsada por el giro atlantista del gobierno de Meloni. El cierre de esta etapa permitió a Roma terminar con su ambigüedad estratégica, lo que evidencia una recalibración radical: despojar a la relación bilateral de su carga geopolítica simbólica para subordinarla explícitamente a la arquitectura de seguridad occidental.

A largo plazo, la decisión italiana reconfigura su posición frente a China y sus socios occidentales, donde preserva el acceso a oportunidades comerciales y tecnológicas con China, pero bajo un marco explícitamente subordinado a las prioridades de seguridad definidas por la UE y Estados Unidos. Esto implica que futuras negociaciones con Pekín estarán estructuralmente condicionadas por filtros de “desriesgo” y por una coordinación más estrecha con la Unión Europea, lo que reduce la posibilidad de iniciativas bilaterales como la adhesión original a la BRI.

El caso italiano aporta una conclusión clara: para una potencia media europea, los instrumentos de cooperación con China solo resultan sostenibles cuando se subordinan explícitamente a la arquitectura de seguridad y regulación occidental, lo que reduce los márgenes para estrategias de equilibrio autónomo y confirma que la competencia entre grandes potencias tiende a absorber y redefinir las formas de inserción económica con Pekín. El éxito de su apuesta dependerá de su capacidad para gestionar un complejo equilibrio entre extraer beneficios concretos de una relación económica con China y consolidar su credibilidad como pilar europeo, un acto que prefigura el futuro de la autonomía estratégica europea; a la vez que arriesga las perspectivas económicas para casos como el que se presenta en el trabajo.

referencias

bibliográficas

NOTAS

  1. Antes de ser elegida primera ministra en 2022, Giorgia Meloni ya había criticado la adhesión de Italia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, calificándola de “grave error” pues, según ella, no aportaba beneficios económicos sustanciales y comprometía la soberanía nacional. Su postura se sustentaba en la idea de que Italia debía reforzar sus alianzas con socios tradicionales (la Unión Europea y Estados Unidos) en lugar de favorecer un proyecto que expandía la influencia geopolítica de China en Europa.
  2. Cosco Shipping es una empresa estatal china fundada en 2016, es uno de los principales actores logísticos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
  3. El denominado “gobierno del cambio” se formó tras la coalición entre el Movimiento 5 Estrellas y La Liga, liderada por el primer ministro independiente Giuseppe Conte. La dirección dual estuvo encarnada por los viceprimeros ministros Luigi Di Maio, líder del M5S, un partido que se autodefine como progresista, aunque opera bajo un populismo de orientación variable, y Matteo Salvini, líder de La Liga, fuerza ubicada claramente en la derecha nacionalista y un marcado euroescepticismo.
  4. Ante el rechazo de la Comisión Europea del presupuesto italiano estimado para 2019, la respuesta de Roma fue una personalización de la situación. En este contexto, el viceprimer ministro Matteo Salvini declaró que “los enemigos de Europa” estaban “encerrados en el búnker de Bruselas”, refiriéndose a los comisarios Juncker y Moscovici (Euronews, 2018). Paralelamente, tanto Salvini como Luigi Di Maio instrumentalizaron la prima de riesgo, acusando a Alemania de utilizarla como un “invento” político (Deutsche Welle, 2018b).
  5. El Memorando de Entendimiento estableció un marco de cooperación no vinculante entre Italia y China bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta, abarcando áreas como infraestructura, comercio, finanzas, conectividad cultural y desarrollo sostenible. Con una vigencia inicial de cinco años y renovación automática, el acuerdo buscaba promover sinergias entre las prioridades de desarrollo de ambos países bajo principios de transparencia, sostenibilidad y respeto al marco legal internacional y europeo (Government of the Italian Republic & Government of the People’s Republic of China, 2019).
  6. La política de de-risking o “desriesgo” ha sido impulsada por la Comisión Europea y respaldada por Estados Unidos como una estrategia para reducir dependencias críticas hacia China sin recurrir a un desacoplamiento total, articulada en la European Economic Security Strategy adoptada en junio de 2023, que busca mitigar riesgos derivados de dependencias en cadenas de suministro, infraestructuras críticas y tecnologías sensibles, manteniendo al mismo tiempo la apertura del mercado europeo (Comisión Europea, 2023).
  7. Global Gateway es la estrategia de la Unión Europea lanzada en 2021 para movilizar hasta 300.000 millones de euros en inversiones en infraestructuras sostenibles y digitales a nivel global hasta 2027, presentada explícitamente como alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Comisión Europea, 2021).
  8. El Corredor Económico India–Medio Oriente–Europa es una iniciativa de conectividad multimodal lanzada en la cumbre del G20 de 2023 por India, Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, con Italia como participante clave en su tramo europeo a través de puertos como Trieste y Génova. Presentado explícitamente como alternativa a la BRI china, combina rutas ferroviarias, marítimas, cables de datos y suministro energético para reducir tiempos de tránsito entre India y Europa en un 40% (Hussain & Shafer, 2025). Ese mismo día, con la ausencia de China en este foro, Giorgia Meloni anuncia la desvinculación de Italia con la BRI.

ANEXOS

Anexo 1

Elaboración propia. Datos: Fondo Monetario Internacional (https://www.imf.org/en/countries/ita#countrydata)

Anexo 2

Elaboración propia. Datos: Observatory of Economic Complexity

(https://oec.world/es/profile/bilateral-country/chn/partner/ita)

Anexo 3

Elaboración propia. Datos: Observatory of Economic Complexity https://oec.world/es/profile/bilateral-country/chn/partner/ita)