Recibido: 20 de noviembre de 2025
Conflicto de Intereses:
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses relacionados con el artículo.
Contribución de Autoría:
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Agradecimientos:
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Financiación:
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No publicado
Aprobado: 14 de enero de 2026
Derechos de Autor:
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Cómo citar (APA, séptima edición):
Massó Zayas, L.A. y Gallego Sánchez, J.A. (2026). Guerra híbrida y desinformación en redes sociales: aproximaciones analíticas a conflictos contemporáneos. Revista Científica Universitaria Ad Hoc 7 (1), 7-11.
Estimado Editor:
En el actual entorno informativo digital, las redes sociales digitales, que operan como infraestructuras de difusión, amplificación y validación de narrativas, se han consolidado como un componente estructural de la denominada guerra híbrida. Esta última se entiende como la combinación de herramientas militares, políticas, económicas y comunicacionales orientadas a influir sobre contextos de conflicto sin recurrir necesariamente a enfrentamientos armados directos (Atlantic Council, 2025; International Crisis Group, 2024).
A diferencia de los conflictos interestatales tradicionales, este tipo de confrontación se desarrolla de manera difusa, persistente y transversal. Afecta no solo a los actores directamente involucrados, sino también a las sociedades que consumen y reproducen información en espacios digitales.
En regiones como Oriente Medio y el Sahel, caracterizadas por dinámicas de inestabilidad prolongada, gobernanza fragmentada y alta penetración de tecnologías móviles, las plataformas digitales se han convertido en espacios centrales de disputa simbólica y narrativa (United Nations Office on Drugs and Crime, 2024). Desde una perspectiva analítica, este fenómeno plantea interrogantes fundamentales sobre la relación entre comunicación digital, percepción pública y estabilidad política (Pew Research Center, 2025).
La literatura reciente coincide en señalar que la desinformación constituye una herramienta estratégica utilizada, tanto por actores estatales como no estatales, para influir en audiencias nacionales e internacionales (Newman et al., 2025; Woolley & Howard, 2025). Sin embargo, resulta metodológicamente relevante subrayar que estas prácticas no se restringen a un único actor, ideología o bloque geopolítico. Por el contrario, forman parte de un repertorio cada vez más extendido en conflictos contemporáneos, donde la competencia por la atención y la credibilidad se convierte en un recurso estratégico en sí mismo (Atlantic Council, 2025).
Informes institucionales documentan la existencia de campañas coordinadas que combinan información verificable con contenidos engañosos, que aprovechan la arquitectura algorítmica de las plataformas digitales para maximizar su alcance y persistencia (European External Action Service, 2025). En términos éticos, este uso instrumental de la información plantea desafíos sustantivos sobre la responsabilidad de quienes producen, difunden y consumen contenidos en entornos digitales.
Desde esta óptica, las redes sociales digitales, entendidas como infraestructuras sociotécnicas, funcionan como amplificadores de influencia, al permitir la difusión masiva de narrativas simplificadas, emocionalmente cargadas y, en ocasiones, desconectadas de contextos empíricos complejos (Vosoughi et al., 2018). La evidencia sugiere que los contenidos que apelan a emociones intensas, como el miedo, la indignación o la humillación, tienden a circular con mayor rapidez que aquellos basados en análisis matizados o información contextualizada.
En el Sahel, por ejemplo, diversos estudios describen la circulación de discursos críticos hacia la presencia de actores externos, en un entorno marcado por la debilidad de los sistemas mediáticos locales y altos niveles de consumo de las plataformas digitales de redes sociales entre poblaciones jóvenes (International Crisis Group, 2024; Sánchez, 2025). De manera comparable, en Oriente Medio se han identificado campañas que promueven interpretaciones conspirativas de la dinámica regional, lo que contribuye a la desconfianza hacia actores políticos, medios de comunicación e instituciones internacionales (Rodríguez, 2025; Torres, 2025).
No obstante, desde una perspectiva ética y analítica, resulta fundamental evitar lecturas reduccionistas que atribuyan la eficacia de la desinformación únicamente a la acción de actores externos. La recepción y reproducción de estos contenidos está profundamente mediada por condiciones estructurales locales, como la exclusión social, la falta de confianza en las instituciones, la precariedad económica y las experiencias históricas de violencia o intervención extranjera.
La desinformación no crea tensiones desde cero, sino que tiende a explotar divisiones ya existentes , amplificando percepciones de agravio o injusticia en determinados sectores sociales. Reconocer esta interacción entre factores externos e internos permite una comprensión más equilibrada del fenómeno y evita interpretaciones normativas o moralizantes que simplifican su complejidad.
La inserción sistemática de contenidos engañosos o polarizantes en el ecosistema informativo tiene efectos acumulativos que pueden incidir, tanto en la esfera individual como en la colectiva (Newman et al., 2025). A nivel social, diversas investigaciones sugieren que la exposición reiterada a narrativas polarizantes puede debilitar el apoyo ciudadano a mecanismos de cooperación internacional y a alianzas políticas o militares, así como intensificar fracturas identitaria previas (North Atlantic Treaty Organization, 2022; Pew Research Center, 2025). A nivel individual, la normalización de discursos hostiles y la sobre exposición a información contradictoria pueden generar fatiga informativa, cinismo político o retraimiento del debate público. Desde un punto de vista ético, estos efectos plantean interrogantes sobre el derecho de las sociedades a un entorno informativo que favorezca la deliberación racional y el acceso a información contextualizada.
Asimismo, el uso de cuentas automatizadas, bots y redes coordinadas contribuye a distorsionar el debate público, particularmente en contextos de fragilidad institucional y baja alfabetización mediática (United Nations Office on Drugs and Crime, 2024). Estas prácticas no solo alteran la percepción de consensos sociales, sino que también dificultan la identificación de voces auténticas dentro del espacio digital.
Sin embargo, la automatización y el uso de algoritmos no son intrínsecamente problemáticos; su impacto depende de los fines perseguidos, los marcos regulatorios existentes y el grado de transparencia con el que operan. Desde una ética de la tecnología, el desafío radica en equilibrar la innovación digital con la necesaria protección de la integridad del debate público, la transparencia informativa y la rendición de cuentas.
En este escenario, el análisis académico de la guerra híbrida y la desinformación requiere enfoques comparativos, interdisciplinarios y basados en evidencia empírica (European Commission, 2025). Más que atribuir responsabilidades de manera unilateral, resulta pertinente examinar los mecanismos, condiciones y efectos de estas prácticas en distintos contextos regionales, atendiendo tanto a las estrategias de los emisores como a las capacidades críticas de las audiencias.
Desde el punto de vista de los autores, una aproximación ética al fenómeno implica reconocer que la lucha contra la desinformación no puede limitarse a la censura o a la supresión de contenidos. Estas medidas pueden entrar en tensión con principios fundamentales como la libertad de expresión y el pluralismo informativo.
Variables como la alfabetización mediática, el fortalecimiento del periodismo profesional y la cooperación internacional en materia de gobernanza digital, emergen como elementos centrales para comprender y, eventualmente, mitigar el impacto de la desinformación en los conflictos contemporáneos (Newman et al., 2025; Woolley & Howard, 2025). Desde una perspectiva ética, estas estrategias no deben orientarse a imponer narrativas oficiales, sino a ampliar la capacidad de las sociedades para evaluar críticamente la información, distinguir entre hechos y opiniones, y contextualizar los mensajes que circulan en el entorno digital. En última instancia, la guerra híbrida y la desinformación plantean menos un problema de “enemigos externos” que un desafío estructural para las democracias, los sistemas mediáticos y la convivencia social en un mundo interconectado.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS